Tentativa al proteccionismo

El comercio exterior, por el hecho de transformar lo que uno hace por lo que uno desea, beneficia a las economías.

Para mantener la cordura durante los periodos de fuerte contracción y crisis, una historia sobre el comercio internacional es crucial e instructiva. ¿Qué pasaría si, en medio de la angustia generalizada, surgiera un joven inventor con un invento fantástico -una máquina que puede tomar trigo, café, maíz, flores, frutas y otros artículos- y lo utilizará para producir un flujo de bienes tecnológicos, servicios especializados y bienes que no tenemos -bienes de mayor calidad y más asequibles?

Seguramente sería honrado como un genio asombroso y un testimonio de que todo es posible -con o sin crisis- tanto aquí como en East Rutheford. Tras realizar una investigación más profunda, un analista interesado se entera de que el joven patriota solamente utiliza los insumos de la supuesta máquina para venderlos en el mercado mundial y utiliza esos fondos para comprar los productos básicos que suministra a los consumidores en la economía doméstica. Todos pensarían que es un "un vil neoliberal", que además hace desfavorable la balanza de pagos.

Sin embargo, en el fondo, el comercio internacional no es ni más ni menos que un mecanismo que convierte lo que exportamos en lo que adquirimos. Por lo tanto, a pesar de haber experimentado un declive tan severo, sería un grave error considerar el comercio internacional como la tabla de salvación de la crisis, confundiendo causas y efectos con la mayonesa.

El consenso entre los empresarios y algunos analistas, dicen deberíamos promover la sustitución de importaciones -por ejemplo, con una estrategia de tipos de cambio infravalorados- ha resurgido recientemente en el contexto de la actual crisis comercial mundial. Esto no aumentaría la competitividad de la industria exterior ni crearía los hipotéticos puestos de trabajo. Además, se financia a costa de los salarios reales de los trabajadores, y es análogo al proteccionismo cambiario.